GENTE del LIBRO

Un aporte colectivo a la profesionalización del sector.

por Miguel A. Román














El nombre de la lengua



A principios del XVII publicaba Bartolomé Jiménez Patón una a modo de gramática que titulaba “Elocuencia española en arte” y donde vertía esta perla:

Y porque ingenios agudos (de quienes yo hago la estimación que es razón porque lo merecen) me han preguntado por qué no titulé esta obra Elocuencia Castellana, y no Española, siendo así que no se habla en
toda España, sino en estas partes que llamamos una y otra Castilla;
digo y respondo que dudan muy bien, y que la razón que me movió a ello
fue tener por averiguada y cierta cosa que la primera lengua que se
habló en España, y en toda ella, fue la que hoy se habla en las
Castillas.



Más diplomático quizás fue Covarrubias, quien por los mismos años titulaba nuestro primer diccionario como “Tesoro de la lengua castellana o española ”.



Sirvan ambas citas para dejar patente que la vacilación para denominar a la lengua en la que ustedes ahora me leen, ni es nueva ni está
necesariamente ligada a cuestiones de interpretación histórica o
territorial.



Aunque, ciertamente, resulta paradójico que el idioma común de cuatrocientos millones de almas, ciudadanos de una veintena de estados, tenga entre ellos mismos una cierta ambigüedad en
su denominación.



Quede claro desde el principio que no existe actualmente un debate semántico dentro de la estricta disciplina lingüística.

Para el Diccionario panhispánico de dudas, consensuado por la Asociación de Academias de la Lengua Española, “la polémica sobre cuál de estas denominaciones resulta más adecuada está hoy superada”, y, aunque recomienda el término “español”, da por válidos y sinónimos ambos sustantivos.



No siempre fue así, y a través de los siglos y naciones, estudiosos de la lengua han vertido razones y dislates apoyando y rechazando uno u otro
nombre. Incluso el lingüista chileno Andrés Bello no
perdió la oportunidad de hacer, en su Gramática, mención a la forma
histórica en la que el castellano se expandió en su continente: Se
llama lengua castellana (y con menos propiedad española) la que se
habla en Castilla y que con las armas y las leyes de los castellanos
pasó a la América, y es hoy el idioma común de los Estados
hispano-americanos.



No es completamente casual que la obra de Bello fuese prologada por el argentino de cuna navarra Amado Alonso, tenaz estudioso del tema y al que se refirió en numerosas ocasiones resumiendo al fin posturas y argumentos, tanto históricos como
semánticos y sentimentales, en su obra “Castellano, español, idioma
nacional. Historia espiritual de tres nombres”, título que deja bien
claro el conflicto y sus implicaciones.



Y si los filólogos han obrado en tal forma, calculen los que aportaban la leña de sus ocultos (o visibles) intereses.


Porque, será cosa de nuestra idiosincrasia, no hay tensión en decir papa o patata, zapallo o calabaza, autobús o guagua, plomero o fontanero,
computadora u ordenador, bolígrafo o birome, sirimiri o llovizna,
anchoa o boquerón, hablar de vos o de tú; pero cuando se trata de dar
nombre al idioma que engloba todas esas variantes, todos parecen
empeñarse en advertir subliminales mensajes en la elección.



Lo cierto es que la diferencia entre español y castellano, siendo históricamente la misma denominación para el mismo idioma, tendría en origen una cierta razón de ser, pues español parece aludir a una especie de lengua franca, común a la mayoría de los peninsulares y en la que si bien el castellano había cargado con la
mayor parte, no estaba exenta de aportaciones, tanto en lo léxico como
en lo morfológico, de otras lenguas hispanas (incluidos el portugués y
el árabe andalusí). Pero, todavía más, no cesó esta lengua –como quiera
que se llamase- de enriquecerse con términos procedentes de los
vocabularios nativos americanos, resultando al final de los siglos en
una amalgama ordenada y deslocalizada que solo en lo básico se ciñe a
lo que se hablara un día en algún monasterio de la Cordillera Ibérica.



Podrá parecer curioso, pero la denominación “español” no es de origen castellano. De hecho sus primeras apariciones lo son fuera de la
península y anteriores a la unión de las coronas de León, Castilla,
Aragón y Navarra:
Mes je soi bien parler francheis et alemant, lombart et espaignol, poitevin et normant.
Gaufrey, Cantar de gesta occitano, siglo XIII


Nada sorprendente, sin embargo, si recordamos que existe una fuerte tendencia a asumir que el nombre del idioma surge por adjetivación simple del territorio, con un cierto desconocimiento de las
peculiaridades idiomáticas o dialectales de cada región (así, llamamos
comúnmente “holandés” al neerlandés o “noruego” al bokmål).
(nota: la primera ocurrencia peninsular de la que tengo noticia es de 1494, en De las mujeres ilustres en romance, donde explica que traduce unos versos de Virgilio como bueltos de latin en la lengua de españa)



Los argumentos para dar preeminencia a cualquiera de ambos nombres son machacones y en general harto trufados de política y sesgos
historicistas. Resulta curioso comprobar cómo con frecuencia se dan
razones simétricas para adoptar un uso y rechazar el contrario. Máxime
cuando, frente a cualesquiera premisas, la más simple es la más fuerte:
el uso arraigado por la costumbre en cada caso es el más adecuado.



Objetivamente, en el plano lingüístico, habría que reconocer que el término “castellano” es mucho más propio para referirnos a la variedad
dialectal hablada en las Castillas (aunque también habría que
preguntarse si un albaceteño y un palentino lo hablan igual), a la
misma altura que pudiéramos hablar de andaluz, canario o riojano. Y
desde luego es la única opción para referirnos a la lengua romance que
se habló en aquella región antes del siglo XV.



Ciertamente, en la Península Ibérica, se hace necesario distinguir esta lengua de las otras nacidas en este territorio geográfico, y que por tanto tienen
todo el derecho a considerarse lenguas españolas y distintas del
castellano.



Y por otro lado es igualmente innegable que, fuera de nuestras fronteras idiomáticas, el diasistema común es denominado genéricamente “español”: spanish, espagnol, espagnolo, espanhol, spanisch,…



Pese a todo lo cual, un servidor las tiene sencillamente por sinónimos equivalentes (que no es aquí redundancia sino pleonasmo), y se adhiere
a lo que manifestó Manuel Seco:
«En conclusión, [ …] las dos denominaciones, castellano y español
son válidas. La preferencia de cada hablante por uno de los dos término
se funda en una tradición arraigada de siglos, y es ingenuo pretender
desalojar del uso cualquiera de ellos. Cada persona puede emplear el
que guste; pero debe respetar el derecho a que otros prefieran el otro.
En todo caso, téngase en cuenta que, en general, la denominación de
español es más exacta que la de castellano».


vía

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Respuestas a esta discusión

Sudamérica prefiere el término «castellano» y Centroamérica el de «español»


06/08/2007
Las Constituciones de los países centroamericanos prefieren el término «español» a la hora de establecer el idioma oficial, en tanto que en las de la mayoría de los sudamericanos se elige el de «castellano», y en las de México, Argentina, Chile y Uruguay no se menciona esta cuestión.

La vieja polémica de si es más correcto decir «español» o «castellano» al denominar el idioma que une a más de 400 millones de personas en el mundo está hoy superada, aunque en algunos países se observa una cierta preferencia por una de esas dos voces, según afirman los académicos y filólogos consultados por Efe.

En España, la Constitución de 1978 establece que «el castellano es la lengua española oficial del Estado», pero, al ser un país plurilingüe, también serán «oficiales» en sus respectivas Comunidades Autónomas «las demás lenguas españolas», como el catalán, el euskera y el gallego.

Según el académico y filólogo José Antonio Pascual, director del gran Diccionario histórico que preparan las Academias de la Lengua de los países hispanohablantes, «no hay por qué dramatizar este asunto», pues ambos términos «son sinónimos» y se pueden usar «indistintamente».

La prueba, afirma el filólogo, está en el diccionario de Covarrubias, de 1611, que se titula Tesoro de la lengua castellana o española, o en el de la Real Academia Española, que desde 1925 se llama Diccionario de la lengua española, pero antes, desde el XVIII, era «de la lengua castellana».

Pascual señala que «los lingüistas» suelen «emplear el término "castellano" hasta el siglo XV y el de "español", a partir de esa fecha», opinión en la que coincide con otros expertos consultados por Efe, como Concepción Company, catedrática de Lengua y miembro del Instituto de Investigaciones Filológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Según Company, desde el momento en que los Reyes Católicos unieron sus reinos, desapareció Castilla para dar paso a una única entidad política que era España, y por eso «castellano» se reserva sólo para referirse al idioma hasta el XV.

Pero fuera del ámbito lingüístico, «el término generalizado en México» es «el español», afirma.

Las Constituciones de Panamá, Nicaragua, Honduras, Guatemala, Costa Rica y Cuba optan con claridad por el «español» al establecer el idioma oficial.

En las de El Salvador y la República Dominicana no se menciona este asunto, pero en los documentos oficiales se alude siempre al «español».

Sin embargo, las Constituciones de Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú y Paraguay prefieren el término «castellano».

En Bolivia,la Carta Magna no hace referencia expresa al asunto, pero está prevista su regulación en el proceso constituyente que vive el país.

La propuesta del partido de Evo Morales contempla como oficiales el «castellano y todos los idiomas de las naciones y pueblos indígenas originarios», mientras que la oposición ha consensuado una iniciativa según la cual el idioma oficial en todo el país será «el castellano» y en los pueblos indígenas, además de esta lengua, la que predomine.

Hay otros países donde, por una razón u otra, han preferido no identificar la lengua oficial, como Argentina, Chile, Uruguay y México.

Las Academias de los países hispanohablantes ya dejaron claro en el Diccionario panhispánico de dudas, publicado en el 2005 y de fácil consulta en Internet, que las voces «castellano» y «español» son válidas y que la polémica sobre cuál de las dos resulta más apropiada «está hoy superada».

Las 22 Academias recomiendan el término «español» porque «carece de ambigüedad, ya que se refiere de modo unívoco a la lengua que hablan hoy cerca de cuatrocientos millones de personas».

En el Cono Sur hay una clara preferencia por la voz «castellano» desde la época de la independencia política, a principios del XIX, como coinciden en señalar el presidente de la Academia Argentina de Letras, Pedro Luis Barcia, y el director de la Academia Chilena de la Lengua, Alfredo Matus Olivier.

Ambos recuerdan que las razones de esa preferencia las expuso brillantemente Amado Alonso en su libro Castellano, español, idioma nacional (Historia espiritual de tres nombres), publicado en 1938.

Y no sólo en el Cono Sur, pues Amado Alonso señala que en México y en Argentina «se impuso por muchos años el nombre de "idioma nacional"».

Con ello «se esquivaba en el nombre del idioma el de una nación extranjera que en el siglo de las luchas de independencia no era simpático a las jóvenes repúblicas americanas».

Pero, hoy día, «las valoraciones de "lo español", de negativas connotaciones en la época de la postindependencia, ya no tienen vigor», asegura Matus. (Efe)

vía
Personalmente, como hablante de castellano, prefiero esta denominación.
Creo que si debiéramos darle una denominación territorial, no nos alcanzarían los gentilicios ya que es la lengua oficial de España pero también de una gran parte de América.
Creo que llamar español al castellano, sería como llamar británico al inglés. El idioma que todos hablamos nació en Castilla y de ahí derivó en lo que hoy conocemos. Pretender que ese nombre no le queda porque ya no es el lenguaje del siglo XIV, es como decir que el inglés o el francés deben cambiar de nombre porque ya no son los idiomas que se hablaba cuando el término fue creado.
Insisto, es mi opinión, es lo que hace que YO diga castellano y no español (que, por otro lado, para un argentino, se siente como una violación extranjera ya que sólo un extranjero que no hable el idioma lo llamaría así).
Lo bueno es que, a estas alturas, la distinción entre uno y otro se ha reducido a una cuestión de preferencia personal.

Me parece que hoy en día, la cuestión es determinada sólo por un contexto cultural. Hay países en los que es más común llamar español a la lengua, en vez de castellano, sin que esto tenga alguna connotación de extranjerismo, o alguna valoración negativa.

Yo particularmente, soy colombiana, le llamo español y no castellano. Tanto es así, que en la escuela nos enseñan español (no lengua) cuando nos enseñan de lingüística.  

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