
A principios del XVII publicaba Bartolomé Jiménez Patón una a modo de gramática que titulaba “Elocuencia española en arte” y donde vertía esta perla:
Y porque ingenios agudos (de quienes yo hago la estimación que es razón porque lo merecen) me han preguntado por qué no titulé esta obra
Elocuencia Castellana, y no Española, siendo así que no se habla en
toda España, sino en estas partes que llamamos una y otra Castilla;
digo y respondo que dudan muy bien, y que la razón que me movió a ello
fue tener por averiguada y cierta cosa que la primera lengua que se
habló en España, y en toda ella, fue la que hoy se habla en las
Castillas.
Más diplomático quizás fue Covarrubias, quien por los mismos años titulaba nuestro primer diccionario como “Tesoro de la lengua castellana o española ”.
Sirvan ambas citas para dejar patente que la vacilación para denominar a la
lengua en la que ustedes ahora me leen, ni es nueva ni está
necesariamente ligada a cuestiones de interpretación histórica o
territorial.
Aunque, ciertamente, resulta paradójico que el idioma común de cuatrocientos millones de almas, ciudadanos de una
veintena de estados, tenga entre ellos mismos una cierta ambigüedad en
su denominación.
Quede claro desde el principio que no existe actualmente un debate semántico dentro de la estricta disciplina
lingüística.
Para el Diccionario panhispánico de dudas, consensuado por la Asociación de Academias de la Lengua Española, “la polémica sobre cuál de estas denominaciones resulta más adecuada está hoy superada”, y, aunque recomienda el término “español”, da por válidos y sinónimos ambos sustantivos.
No siempre fue así, y a través de los siglos y naciones, estudiosos de la
lengua han vertido razones y dislates apoyando y rechazando uno u otro
nombre. Incluso el lingüista chileno Andrés Bello no
perdió la oportunidad de hacer, en su Gramática, mención a la forma
histórica en la que el castellano se expandió en su continente: Se
llama lengua castellana (y con menos propiedad española) la que se
habla en Castilla y que con las armas y las leyes de los castellanos
pasó a la América, y es hoy el idioma común de los Estados
hispano-americanos.
No es completamente casual que la obra de Bello fuese prologada por el argentino de cuna navarra Amado Alonso, tenaz estudioso del tema y al que se refirió en numerosas ocasiones
resumiendo al fin posturas y argumentos, tanto históricos como
semánticos y sentimentales, en su obra “Castellano, español, idioma
nacional. Historia espiritual de tres nombres”, título que deja bien
claro el conflicto y sus implicaciones.
Y si los filólogos han obrado en tal forma, calculen los que aportaban la leña de sus ocultos (o visibles) intereses.
Porque, será cosa de nuestra idiosincrasia, no hay tensión en decir papa o
patata, zapallo o calabaza, autobús o guagua, plomero o fontanero,
computadora u ordenador, bolígrafo o birome, sirimiri o llovizna,
anchoa o boquerón, hablar de vos o de tú; pero cuando se trata de dar
nombre al idioma que engloba todas esas variantes, todos parecen
empeñarse en advertir subliminales mensajes en la elección.
Lo cierto es que la diferencia entre español y castellano, siendo históricamente la misma denominación para el mismo idioma, tendría en origen una cierta razón de ser, pues español parece aludir a una especie de lengua franca, común a la mayoría de los
peninsulares y en la que si bien el castellano había cargado con la
mayor parte, no estaba exenta de aportaciones, tanto en lo léxico como
en lo morfológico, de otras lenguas hispanas (incluidos el portugués y
el árabe andalusí). Pero, todavía más, no cesó esta lengua –como quiera
que se llamase- de enriquecerse con términos procedentes de los
vocabularios nativos americanos, resultando al final de los siglos en
una amalgama ordenada y deslocalizada que solo en lo básico se ciñe a
lo que se hablara un día en algún monasterio de la Cordillera Ibérica.
Podrá parecer curioso, pero la denominación “español” no es de origen
castellano. De hecho sus primeras apariciones lo son fuera de la
península y anteriores a la unión de las coronas de León, Castilla,
Aragón y Navarra:
Mes je soi bien parler francheis et alemant, lombart et espaignol, poitevin et normant.
Gaufrey, Cantar de gesta occitano, siglo XIII
Nada sorprendente, sin embargo, si recordamos que existe una fuerte tendencia a asumir que el nombre del idioma surge por adjetivación
simple del territorio, con un cierto desconocimiento de las
peculiaridades idiomáticas o dialectales de cada región (así, llamamos
comúnmente “holandés” al neerlandés o “noruego” al bokmål).
(nota: la primera ocurrencia peninsular de la que tengo noticia es de 1494, en De las mujeres ilustres en romance, donde explica que traduce unos versos de Virgilio como bueltos de latin en la lengua de españa)
Los argumentos para dar preeminencia a cualquiera de ambos nombres son
machacones y en general harto trufados de política y sesgos
historicistas. Resulta curioso comprobar cómo con frecuencia se dan
razones simétricas para adoptar un uso y rechazar el contrario. Máxime
cuando, frente a cualesquiera premisas, la más simple es la más fuerte:
el uso arraigado por la costumbre en cada caso es el más adecuado.
Objetivamente, en el plano lingüístico, habría que reconocer que el término
“castellano” es mucho más propio para referirnos a la variedad
dialectal hablada en las Castillas (aunque también habría que
preguntarse si un albaceteño y un palentino lo hablan igual), a la
misma altura que pudiéramos hablar de andaluz, canario o riojano. Y
desde luego es la única opción para referirnos a la lengua romance que
se habló en aquella región antes del siglo XV.
Ciertamente, en la Península Ibérica, se hace necesario distinguir esta lengua de las
otras nacidas en este territorio geográfico, y que por tanto tienen
todo el derecho a considerarse lenguas españolas y distintas del
castellano.
Y por otro lado es igualmente innegable que, fuera de nuestras fronteras idiomáticas, el diasistema común es denominado genéricamente “español”: spanish, espagnol, espagnolo, espanhol, spanisch,…
Pese a todo lo cual, un servidor las tiene sencillamente por sinónimos
equivalentes (que no es aquí redundancia sino pleonasmo), y se adhiere
a lo que manifestó Manuel Seco:
«En conclusión, [ …] las dos denominaciones, castellano y español
son válidas. La preferencia de cada hablante por uno de los dos término
se funda en una tradición arraigada de siglos, y es ingenuo pretender
desalojar del uso cualquiera de ellos. Cada persona puede emplear el
que guste; pero debe respetar el derecho a que otros prefieran el otro.
En todo caso, téngase en cuenta que, en general, la denominación de
español es más exacta que la de castellano».
Etiquetas:
Vínculo permanente Respuesta de Guido Indij el enero 28, 2010 a las 9:18pm
Vínculo permanente Respuesta de María José Schamun el mayo 28, 2010 a las 12:12pm Me parece que hoy en día, la cuestión es determinada sólo por un contexto cultural. Hay países en los que es más común llamar español a la lengua, en vez de castellano, sin que esto tenga alguna connotación de extranjerismo, o alguna valoración negativa.
Yo particularmente, soy colombiana, le llamo español y no castellano. Tanto es así, que en la escuela nos enseñan español (no lengua) cuando nos enseñan de lingüística.
Marina Perez ha publicado un evento
A Guido Indij le gusta la discusión 'Redes sociales Vs libros vendidos' de Guillermo Schavelzon
A Débora Siskindovich le gusta la discusión 'Redes sociales Vs libros vendidos' de Guillermo Schavelzon© 2013 Creado por Gente del Libro.