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¿Traidores, “rompecabecistas” o cartógrafos?

Los cartógrafos de Babel
Juan Manuel Pombo
Los traductores, como los árbitros de fútbol, viven entre los extremos de la invisibilidad y el protagonismo infame. ¿Traidores, “rompecabecistas” o cartógrafos? Un traductor experto descifra las metáforas de su oficio.
Los cartógrafos de Babel


Umberto Eco titula uno de sus últimos libros de ensayo con deliciosa y sutil precisión: Decir casi lo mismo. Allí consigna sus reflexiones y experiencias sobre la traducción, tanto las que él mismo ha hecho de otras lenguas (particularmente del francés) al italiano, como las que otros han hecho de sus novelas a distintos idiomas. De antemano, el título sugiere la imposibilidad de la traducción “perfecta”. Así parece corroborar la trillada expresión italiana de traduttore, traditore y, al mismo tiempo, socava una de las verdades que subyacen al mito de la Torre de Babel: que en algún momento anterior al castigo divino, debido a la arrogancia humana, hubo un idioma primordial, universal y unívoco. Pues si tal idioma fue alguna vez posible entonces todo puede traducirse... bastaría encontrar ese paraíso perdido o en su defecto esa caverna platónica antes de que las diferencias fonéticas, gráficas, semánticas y sintácticas salieran a la luz, para revelar una especie de unicidad del acaecer humano (y de su lenguaje) susceptible de ser entendido por todos.
A veces me pregunto si la estructura profunda de la que habla Chomsky no corresponde de alguna manera a ese lenguaje universal ideal. Después de todo, alguna vez aseveró que traducir era pasar de la estructura profunda de la lengua de origen a la estructura superficial de la lengua destino. Pero esto es harina de otro costal y no sé qué pensaría Chomsky si se enterara de que por ahí lo andan tildando de neoplatónico.

En fin, suelo iniciar mis talleres de traducción con una definición metafórica del oficio que me parece bonita: traducir es armar un rompecabezas exactamente igual al original pero con fichas completamente distintas. Bonita tal vez, ¿pero cierta? Con seguridad todo traductor no solo ha sentido que en ocasiones cometió el famoso acto de traición sino que también se habrá cruzado más de una vez con lo que simple y llanamente no se puede traducir. Pero vamos por partes, indaguemos en las zonas grises para no pensar en blanco y negro. ¿Estamos diciendo casi lo mismo cuando traducimos, por ejemplo, la expresión en inglés better the devil you know than the devil you don’t como “más vale malo conocido que bueno por conocer”? ¿O será más lo mismo si, haciendo caso omiso de la expresión acuñada en español, tradujéramos la frase de manera a la vez más libre y más literal como: “mejor diablo conocido que diablo por conocer”?

Podría alegarse que esta última versión es más precisa porque la carga teológico-moral de la oración original resulta así más explícita. Después de todo, en inglés, el dilema se plantea claramente entre dos males de igual calibre. En cambio, la expresión en español nos invita con cruel pesimismo a optar por un mal conocido antes que por un hipotético bien del que no tenemos certeza, y lo hace simple y llanamente porque con el primero, el mal conocido, al menos sabemos a qué atenernos. Veo, además, otra peligrosa virtud en la segunda opción, “mejor diablo conocido que diablo por conocer”, y es que suena tan bien que casi podría pasar agachada como dicho legítimo del acervo del español circulante aunque no lo sea. A pesar de que he cambiado “más vale” por “mejor”, así como “malo” y “bueno” por “diablo”, en ambas ocasiones la expresión sigue sonando bien porque se camufla, como un camaleón, en la estructura formal de la expresión original. ¿Se trata de un vil engaño, de una traición o de una versión que es más lo mismo?

Me interesa pues abordar el asunto de la traducción a partir de problemas sucintos y concretos que surgen en la práctica, para mostrar que en el fondo el acto de traducir es, sobre todo, un ejercicio de libertad, de criterio, un ejercicio que implica escoger entre distintas opciones con diferencias más o menos sutiles, pero guiados y restringidos por un mapa y un norte que a su vez está construido por el contexto sintáctico, semántico, ético y estético que ofrece el texto original. Así las cosas, podría decirse que traducir es trazar, sin perder de vista jamás el norte y el mapa que nos ofrece el original, una nueva cartografía pero en el idioma destino.

En pocas palabras, resolví cambiar la metáfora del rompecabezas por la de la cartografía. Después de todo, las representaciones cartográficas son un marco de referencia más fluido, más permeable, menos rígido que un rompecabezas de fronteras siempre rectilíneas... por lo menos en los bordes. ¿Acaso hay algo más volátil que mapas y cartografías? (Piénsese en lo que ocurrió con el mapa de Europa central a la caída del Imperio Austro-Húngaro en 1918, o lo que ocurrió con el de los países balcánicos con la caída del Muro de Berlín.) En la misma tónica, ¿algo más volátil que las lenguas en continuo cambio y movimiento? (Piénsese en el proto-español, proto-francés, proto-italiano y proto-alemán de los siglos XI, XII y XIII, esa especie de franca-lingua-latino-macarrónica-pan-europea que el mismo Umberto Eco recrea con rigurosa intuición de filólogo en su novela Baudolino.) Intentaré pues explicar por qué el cambio de metáfora me parece apropiado.

En un breve ensayo titulado “Traducir a García Márquez o el sueño imposible”, Gerald Martin, hoy biógrafo oficial del Nobel, problematiza la traducción de los títulos de la obra de García Márquez al inglés. Detengámonos en lo que dice respecto a uno de ellos: La hojarasca. La novela se tituló en inglés como Leaf Storm. Martin concede que le gusta como suena leafstorm, pero no sin reservas. Ahora, que la cosa suene bien, como ya vimos en el caso de los dos diablos, no es un asunto de poca monta cuando se trata de traducir. Las reservas de Martin son dos:

La primera, que la palabra no existe en inglés... ni más ni menos. Una rápida consulta a los diccionarios de combate corrobora lo anterior. Indagando un poco más allá encontré, en suma, apenas cinco citas con la palabra leafstorm (junta o separada) proferida en lo que va de 1903 a 1998, es decir en casi cien años; dos de ellas, después de que la obra en cuestión ya se había publicado en inglés. Y ninguna significa, propiamente, hojarasca. En el mejor de los casos leaf storm significaría algo como “remolino de hojas levantadas por el viento”.

El Malpensante

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Comentario de Paola Vanesa Giardina el septiembre 5, 2012 a las 3:00pm

Hola a todos, me presento: mi nombre es Paola Giardina, soy Correctora Literaria y Traductora de Inglés/Portugués a Español.

Si desean mi CV para futuras colaboraciones, mi email es: paolagiardina@gmail.com

¡Muchas gracias!

Comentario de Gente del Libro el abril 24, 2012 a las 12:38pm

Comentario de Guido Indij el abril 15, 2012 a las 9:35am
PERFIL
domingo
15/4/2012


ASUNTOS INTERNOS

Basura tóxica hecha en España

Por Guillermo Piro

14/04/12 - 11:27
 
Con cierta amargura uno tiene que admitir que hay muchas editoriales españolas que gozan de buena prensa. Acaso sea yo, más proclive a rendir tributo al califa Omar que a cualquiera, que ante la aparición de una novela o de un libro de poemas traducido en España adopta un aire incongruentemente festivo, esa cara de idiota que otorga el estallido febril por un sensacional presente divino. Yo cada vez que veo un libro que presumo bueno, traducido en España, siento vértigo y ganas de vomitar.

Hablo así con toda la seriedad que requiere la ocasión. Pero ni siquiera creo que sea culpa de los pobres traductores españoles. Supongamos que alguien emprende la ardua tarea de traducir, pongamos, a David Foster Wallace; una vez terminado el trabajo, lo lleva a la editorial, y allí no sólo le pagan (bien o mal, en este caso no tiene importancia) sino que además lo felicitan, le palmean la espalda y le dicen que en cuanto se descubra otra obra póstuma del difunto, van a dársela para que la traduzca.

Tengo la seria sospecha de que los editores (no sólo los españoles) no leen los libros que publican. De otro modo no se entiende. Pero sigamos suponiendo. Ese libro ilegible termina en los escaparates de las librerías españolas, lo cual no tiene nada de malo, es más, es digno de festejo que entre tanta porquería prefieran poner un Foster Wallace con vista a la calle. No veo hasta allí ningún problema. Tampoco veo problema en que si un librero argentino, atento y expectante, en el afán de poder venderlo antes que nadie, lo importa (si Moreno quiere).

Tampoco veo problema (aunque a esta altura empiezo a inquietarme) en que la filial argentina de una editorial española decida importar en cantidad (vamos, tampoco tanta cantidad) el libro en cuestión. Pero me resulta perverso, lindante con el delito, que esa filial edite en la Argentina un libro traducido en España sin el más mínimo retoque, sin la más mínima consideración.

Los que traducimos estamos habituados (o deberíamos estarlo) a que cuando una traducción nuestra se edita en España pasa instantáneamente por el tamiz adaptador. Los personajes pasan de “tomar” una taza a “cogerla”, y tampoco veo el más mínimo problema en eso. Problema de ellos. De los españoles, digo, no de los personajes. Pero en la Argentina, por alguna razón inexplicable, los libros traducidos en la madre patria que pasan a ser publicados, reciben el trato de un desecho tóxico (lo que en realidad es, pero no nos vayamos de tema): no se les toca ni una coma, los personajes “cogen” tranquilamente sus tazas y se las llevan a la boca sin que nadie, en el trayecto semicircular del brazo hacia arriba, se pregunte qué están haciendo.

Hay quien dice y vocifera que en vez de “traducción de...”, en los libros debería constar “versión de...” . Yo preferiría (incluso para las propias) que se pusiera “perversión de...”. Pero aún en el caso de que se tratara oficialmente de una perversión, es necesario que al editarla en el país se le hagan algunos ajustes. No quiero sonar amenazador, pero con un par de abogados amigos estamos tramando un ataque legal para las filiales de España que decidan seguir publicando basura tóxica en el país sin retocarla. Ni siquiera vamos a pedir tantos retoques. Vamos a conformarnos con que intenten disimularla.
Comentario de Guido Indij el marzo 13, 2011 a las 4:26pm

Realiza un gran esfuerzo para la difusión de la literatura rusa y griega

La traducción, un acto de amor: Selma Ancira

Traductora esencial de escritores como Tolstói, Dostoievski, Pushkin y Tsvietáieva. “Lo ideal es que el traductor vibre en las mismas cuerdas del autor”, afirma.
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  • 2011-02-21•Cultura

Radica en Barcelona desde 1988.
Radica en Barcelona desde 1988. Foto: Javier García

El nombre de sus padres es importante porque, de alguna manera, fueron ellos quienes contribuyeron a algunas de las pasiones que definen a la traductora Selma Ancira: el actor Carlos Ancira y Thelma Berny; en especial su padre, pues desde que tiene uso de razón lo recuerda enamorado de la dramaturgia y la literatura rusa.

“A veces mis papás se iban a Europa a ver teatro y mi papá llegaba convencido de que el mejor teatro o la mejor literatura se hacía allá. Quieras o no te impregnas de esas pasiones.”

Así fue como decidió estudiar filología rusa, en Moscú, con lo que se inició una larga y estrecha relación con la literatura rusa, nutrida después por la griega: dos universos en los que ha andado el camino Selma Ancira, hasta convertirse en una de las traductoras más importantes de la obra de Tolstói, Dostoievski o Pushkin, aunque sin duda la tarea más entrañable ha sido la de traer al español la obra de Marina Tsvietáieva.

“La he traducido desde 1980; incluso, el primer libro lo publiqué en Siglo XXI, en 1984, Cartas del verano de 1926, el cual me descubrió mi vocación: gracias a eso soy traductora, porque cuando la leí se convirtió en la autora que despertó en mí una vocación
desconocida.”

Desde esa lectura, la traducción empezó a formar parte fundamental de su vida, al grado de que, sin romanticismo, confiesa que ya no puede entender su propia vida sin el acto de creación y recreación de los textos por los cuales se siente atraída, bajo el convencimiento de que la traducción literaria es un acto de amor: “si no amas al autor, la traducción puede ser correcta, pero no va a ser una obra de creación literaria”.

“Lo ideal es que el traductor vibre en las mismas cuerdas del autor: buscar la empatía, que sientas que lo que el escritor dice es lo que te gustaría decir a ti”, asegura Ancira, quien ha dedicado gran parte de su tiempo en los últimos años a la traducción de los Diarios y la Correspondencia de Tolstoi, publicados en México por Ediciones Era.

Reconocida como creadora

Los trabajos de traducción de Selma Ancira se encuentran desperdigados por diferentes editoriales de México y España; tan sólo los de Marina Tsvietáieva están publicados en 14 diferentes sellos, con especial interés de su parte porque sus esfuerzos lleguen a los lectores mexicanos, aunque lo más importante es que de alguna manera ha contribuido a lograr el reconocimiento de su oficio.

“Siempre se ha sabido que nuestro trabajo es importante, porque finalmente eso nos permite acercarnos al mundo literario de otras lenguas, pero no siempre había visibilidad; tan sólo que estemos en las portadas ha sido una lucha constante de muchos años: hemos ganado terreno, pero hay editoriales a las que todavía les cuesta.”

A lo anterior habría que sumar, por lo menos en México, que desde hace dos años los traductores literarios ya tienen acceso al Sistema Nacional de Creadores de Arte (SNCA), con lo que se les otorgó el título de creadores literarios.

“Se habla mucho de los traductores mexicanos en el mundo de habla hispana. México es un país de traductores literarios y el que se reconozca oficialmente que se trata de un acto de creación es un gran paso”, asegura Selma Ancira.

De lo poco que falta es que ese reconocimiento se traduzca en lo económico, pues muchas de sus traducciones las ha logrado con el apoyo de becas, sobre todo con el aparato académico, las notas y los estudios, que suelen acompañar a los libros.

Radicada en Barcelona, desde 1988, Selma Ancira se mantiene en la lucha, en especial de que le permitan traducir con su español, “siempre les digo a los editores españoles que debemos enriquecer a la lengua y no empobrecerla y si nos limitamos al lenguaje de España, pues lo empobrecemos” y resulta fundamental difundir la riqueza de las formas del castellano de América Latina.

 

http://impreso.milenio.com/node/8915433

Comentario de Guido Indij el marzo 9, 2011 a las 11:17pm
Comentario de Víctor Goldstein el febrero 3, 2011 a las 12:45pm

hay cosas que son muy difíciles de hacer pero donde siempre es posible alcanzar algo que puede asemejarse a la perfección, y ahí están proust, salinger, velázquez, miguel ángel, van gogh, debussy, bach, django reinhart, chet baker, un poco desordenados, y siguen las firmas, para demostrarlo.

 

yo creo que nunca se va a poder decir lo mismo de la traducción, porque la traducción es una tarea verdaderamente imposible. podemos acercarnos un poco, en algún momento de gran inspiración, pero lo que logramos no es más que eso, una aproximación.

Comentario de Gabriela Tenner el febrero 3, 2011 a las 12:03pm

Qué cosa vuole dire tradurre? La prima e consolante risposta vorrebbe essere: dire la stessa cosa in un'altra lingua. Se non fosse que, in primo luogo, noi abbiamo molti problemi a stabilire che cosa significhi "dire la stessa cosa", e non lo sappiamo bene per tutte quelle operazioni che chiamiamo parafrasi, definizione, spiegazione, riformulazione, per non parlare delle pretese sostituzioni sinonimiche. In secondo luogo perché, davanti a un testo da tradurre, non sappiamo quale sia la cosa. Infine, in certi casi, è persino dubbio che cosa voglia dire dire.


Umberto Eco, Dire quasi la stessa cosa. Esperienze di traduzione
Comentario de Consejo de Administración el enero 30, 2011 a las 10:18pm

Encontrados en la traducción

En este texto, el autor de la novela “Las horas” sostiene que la traducción es una serie larga, compleja y profunda de transformaciones que comprenden tanto al escritor como al lector.

POR Michael Cunningham

Como autor de Las horas , Die Stunden y De Uren –que pasan por ser las traducciones al castellano, alemán y holandés de mi libro The Hours , pero que en realidad son trabajos únicos por derecho propio–, he llegado a entender que toda la literatura es producto de la traducción. La traducción no es sólo una tarea que se le asigna a un traductor que domina una lengua extranjera, sino una serie larga, compleja y hasta profunda de transformaciones que comprenden tanto al escritor como al lector. La “traducción” como acto humano es –como tantos actos humanos– una propuesta mucho más complicada de lo que puede parecer en un primer momento.

Tomemos como ejemplo una de las frases más famosas de la literatura, “Call me Ishmael” (Llámenme Ismael). Se trata, como sospecho que ya saben, de la primera frase de Moby Dick , de Herman Melville. Seguimos reconociendo esa frase después de más de ciento cincuenta años.

Sí. “Call me Ishmael”. Tres palabras simples. ¿Qué tienen de importante? Poseen la más fundamental y esquiva de las categorías literarias: autoridad. Como escritores, desde la primera frase debemos hablarles a nuestros lectores con autoridad. Es como bailar un vals por primera vez con una nueva pareja. Todo el que sepa bailar vals o foxtrot o tango o cualquier tipo de danza que exija contacto físico con una pareja receptiva sabe que hay un primer momento en la pista de baile en que se evalúa, de forma automática, si esa nueva persona puede bailar y, si puede hacerlo, qué tan bien. Sabemos de forma casi instantánea si tenemos entre los brazos a una persona inexperta, y también que en ese caso tendremos que trabajar bastante para que las cosas salgan bien.

La autoridad es una característica misteriosa, y es casi imposible descomponerla en los elementos que la integran. La primera tarea del traductor, por lo tanto, es volver a presentar cierta contundencia que no puede describirse ni explicarse del todo.

Si bien las palabras “Call me Ishmael” tienen fuerza y seguridad, no basta sólo con la fuerza y la seguridad.

“Idiotas, lean esto” también tiene fuerza y seguridad, pero es menos probable que produzca el efecto deseado. ¿Qué más tienen las palabras de Melville que le falta a la frase “Idiotas, lean esto”? Tienen música. Es ahí donde el trabajo de traducción se hace más difícil.

En la ficción, el lenguaje está compuesto de sentido y música por partes iguales. Las frases deben tener ritmo y cadencia, deben apelar al oído interno y deleitarlo. Lo ideal es que una frase leída en voz alta en una lengua extranjera siga teniendo resonancia por más que el oyente no tenga idea de lo que se le está diciendo.

Tratemos de olvidar que las palabras “Call me Ishmael” significan algo y pensemos en cómo suenan. Escuchemos los sonidos de las vocales: ah, ee, i suave, aa. Son cuatro, todas diferentes, y cada una es una nota suave y tranquilizadora. Escuchemos también la forma en que la frase está envuelta en consonantes. Abrimos con la c fuerte, llegamos a la l al final de “call” y luego, en un encantador acto de simetría, llegamos a la l final de “Ishmael”. “Call me Arthur” o “Call me Bob” son adecuadas, pero no satisfactorias por razones musicales.

La mayor parte de los lectores, por supuesto, no sabría decir que responde a esas tres palabras porque son tranquilizadoras y simétricas, pero la mayoría de los lectores registra el hecho de forma inconsciente. Tal vez podría decirse que el significado es la fuerza que empleamos y que la música es la seducción. La tarea del traductor es reproducir tanto la fuerza como la música.

“Chiamami Ismaele.” Esta es la versión italiana de la frase de Melville, y el traductor ha hecho un buen trabajo. En mi condición de lector que no habla italiano, puedo decirles que esas dos palabras sin duda tienen un sonido atractivo, independiente de su significado. Si bien difiere del inglés, tenemos una progresión nueva e igualmente encantadora de sonidos vocálicos –ee-a, ah, ee, a, ee– y tres emes bien distribuidas. Si alguien está traduciendo Moby Dick , esa es una sola frase, y le quedan aproximadamente un millón más.

Aliento a los traductores de mis libros a tomarse todas las libertades que crean necesarias. No se trata de un gesto heroico, ya que de mi trabajo de años con traductores he aprendido que, en cierto sentido, la novela original es también una traducción. No está traducida a otra lengua, por supuesto, pero es una traducción de las imágenes que el autor tiene en la cabeza a lo que logra poner en papel.

Les voy a contar un secreto. Si se los presiona y son honestos, muchos novelistas admitirán que el libro terminado es una traducción bastante burda del libro que querían escribir. Es una de las cosas más descorazonadoras de escribir ficción. Durante meses o años se tiene en la cabeza la idea de una novela trascendente, de una comicidad brillante y en extremo trágica, que contiene todo lo que uno sabe y todo lo que puede imaginar sobre la vida humana en el planeta Tierra. Es vasta, misteriosa e inspira admiración. Es una catedral de fuego.

Sin embargo, incluso si el libro en cuestión sale bien, no es nunca el libro que uno había querido escribir. Es menor que el libro que se quería escribir. Es un objeto, una colección de frases, y dista mucho de parecer una catedral de fuego. Para decirlo en pocas palabras, parece una traducción mediocre de un gran trabajo mítico.

El traductor, entonces, no hace más que llevar el libro un paso más allá en el continuum de traducción. El traductor traduce una traducción.

Un traductor también traduce un trabajo en progreso, algo que tiene un principio, una parte media y un fin, pero que no está del todo terminado por más que esté en proceso de publicación. Si es buena, una novela, toda novela, no es sólo una traducción levemente decepcionante de las grandes intenciones del novelista, sino también el borrador más trabajado que éste pudo producir antes de desplomarse agotado. Lo más que puedo hacer es no ir de librería en librería con una lapicera sacando mis libros de las estanterías para tachar ciertas líneas de las que me he arrepentido e incorporar otras mejores. Para muchos de nosotros, no existe lo que podría llamarse un “texto definitivo”.

Eso nos lleva al tema de la relación entre los escritores y sus lectores, donde tiene lugar otro acto de traducción.

Doy clases de escritura, y una de las primeras preguntas que les hago a mis alumnos es para quién escriben. Nueve de cada diez veces, la respuesta es que escriben para ellos mismos. Les digo que entiendo, que todas las noches me voy a casa, preparo una torta elaborada y me la como toda solo. Con eso quiero decir que las tortas y los libros tienen por objeto su presentación a otros. Por otra parte, los libros (a diferencia de las tortas) son interacciones profundas y elaboradas entre escritores y lectores, si bien separadas en espacio y tiempo.

Les recuerdo también que nadie quiere leer sus relatos. Hay muchos otros relatos, y en el siglo XXI, hay tal acumulación de literatura que pocos de nosotros viviremos lo suficiente para leer todos los relatos, para no hablar del hecho de que, como lectores, estamos ocupados.

Tenemos vidas atareadas y difíciles. Tenemos trabajos que hacer, cónyuges e hijos que atender, trámites que realizar, amigos que ver; tenemos que mantenernos al día con lo que pasa; buscamos pruebas de que nuestra pareja nos engaña; nos preguntamos por qué habremos aceptado cuarenta visitantes el sábado por la noche; nos preocupan el dinero y el calentamiento global; vemos nuestros programas de televisión favoritos.

Lo que el escritor dice, básicamente, es: hagan lugar en todo eso para esto. Suspendan lo que están haciendo y lean esto. Es mejor que parezca, desde la primera frase, que estamos ofreciendo a los lectores algo que vale la pena.

Debo admitir que cuando era tan joven como lo son ahora mis alumnos, también pensaba que escribía para mí, para algún vago lector ideal o, en mis momentos más pomposos, para las generaciones futuras. Mi trabajo sufría las consecuencias de ello.

No fue sino hasta hace unos años, cuando trabajaba en un bar de Laguna Beach, California, que descubrí un método mejor. Una de las camareras era una mujer llamada Helen, que en aquel momento tenía cuarenta y tantos años, por lo que yo consideraba que era apenas menor que el Viejo Marino. Helen era una mujer encantadora y generosa que tenía cuatro hijos y a la que el marido había abandonado de forma abrupta, sin aviso alguno. Tenía que trabajar. Y trabajar y trabajar. Trabajaba en una panadería por la mañana, pasaba manuscritos a máquina para escritores por la tarde y atendía a los comensales en el restaurante por la noche.

Helen era una ávida lectora, y su mayor alegría, al final de sus largas y duras jornadas, era meterse en la cama y leer durante una hora antes de las escasas horas de sueño que le estaban permitidas. Leía mucho y con voracidad. Cuando nos conocimos, estaba leyendo una novela de misterio barata y yo, como sólo los jóvenes y pretenciosos podrían hacerlo, le sugerí que, dado que le gustaban las historias de detectives, probara con Crimen y castigo de Dostoievski. La leyó en menos de una semana. Cuando la terminó, me dijo: “Maravillosa”. “Pensé que le gustaría”, contesté. Agregó: “Dostoievski es mucho mejor que Ken Follett.” “Sí.” Hizo una pausa. “Pero no es tan bueno como Scott Turow.” Si bien no necesariamente estaba de acuerdo con ella respecto de Dostoievski versus Turow, me gustaba, y mucho, que Helen no tuviera un sentido académico de lo que se suponía que debía gustarle más, o menos. Sólo necesitaba lo que cualquier buen lector necesita: absorción, emoción, dinamismo y la sensación de verse transportada del mundo en el que vivía y trasladada a otro.

Empecé a pensar en mí en el acto de escribir un libro que le interesara a Helen. Tengo que decirles que eso cambió mi escritura. De pronto había visto que escribir no es sólo un ejercicio de autoexpresión, sino que es también, y eso es más importante, un regalo que como escritores intentamos hacer a los lectores. Escribir un libro para Helen, o para alguien como Helen, es un objetivo alcanzable. También me ayudó a darme cuenta de que el lector representa el paso final en la vida de traducción de un libro.

Uno de los aspectos más notables de escribir y publicar es que no hay dos lectores que lean el mismo libro. Todos pensaremos diferente sobre una película, una obra, una pintura o un tema, pero sin duda habremos visto o escuchado la misma película, obra, pintura o tema. Son entidades físicas.

Una pintura de Velázquez sólo consiste en sí misma, al igual que “Blue”, de Joni Mitchell. Si se visita la galería adecuada del Museo del Prado, o si alguien pone un disco de Joni Mitchell, se verá la pintura o se escuchará la música. No hay otra opción.

La ESCRITURA, sin embargo, no existe sin un lector activo y dispuesto. Escribir exige un grado de participación diferente. Las palabras sobre papel son abstracciones, y todo el que lee palabras sobre papel les incorpora una serie distinta de asociaciones e imágenes. Tengo vívidas imágenes mentales de Don Quijote , Ana Karenina y Huckleberry Finn , pero estoy seguro de que no son idénticas a las imágenes que se han formado los demás.

Era evidente que Helen no leía la misma Crimen y castigo que yo. No buscaba un trabajo existencial genial. Buscaba un buen misterio, y leyó a Dostoievski con eso en mente. No la culpo. Me gusta imaginar que tampoco lo habría hecho Dostoievski.

Lo que el lector hace, entonces, es traducir las palabras de las páginas a su propio léxico imaginario privado de acuerdo con sus intereses, necesidades y niveles de comprensión.

Ese es el proceso completo de traducción. En un punto tenemos a un escritor que, en una habitación, se esfuerza por acercarse a la visión imposible que ronda su cabeza. Termina su tarea, pero con dudas. Un tiempo después, tenemos a un traductor que se esfuerza por acercarse a la visión, para no hablar de los detalles del lenguaje y la voz, del texto que tiene ante sí. Lo hace lo mejor que puede, pero nunca queda satisfecho. Por último, tenemos luego al lector. El lector es el menos torturado de ese trío, pero también puede sentir que se está perdiendo algo del libro, que por una cuestión de simple ineptitud no logra ser un receptor adecuado de la visión central del libro.

No es mi intención sugerir que escritor, traductor y lector participan en un ejercicio colectivo de desilusión. Eso sería deprimente. Y falso.

De todos modos, como especie, buscamos siempre catedrales de fuego, y parte de la emoción de leer un gran libro es la promesa de que habrá otro, un libro que pueda conmovernos y elevarnos aún más. Uno de los consuelos de escribir libros es la convicción aparentemente inagotable de que el siguiente libro será mejor, más grande y audaz, más abarcador y fiel a la vida que hacemos. Existimos en un estado de esperanza, amamos la belleza y la verdad que llega a nosotros, y hacemos todo lo posible por evitar dudas y desilusiones.

Nos encontramos en una búsqueda, y no nos desalienta la sospecha colectiva de que la perfección que buscamos en el arte tiene tantas posibilidades de aparecer como el Santo Grial. Esa es una de las razones por las que los seres humanos no sólo somos los creadores, traductores y consumidores de literatura, sino también su tema.

(c) the new york times y clarin (2011) traduccion: joaquin ibarburu

 

Revista Ñ

Comentario de Gragry Troncoso el noviembre 21, 2010 a las 4:38pm
Los traductores hablan y los escritores copian

Por favor no se pierdan los cometarios!!!
Comentario de Mariana Cecilia Quesada el agosto 26, 2010 a las 4:06am
Hola a todos!

Tengo una pregunta por derechos de interpretación, la situación es la siguiente: un intérprete hace su trabajo traduciendo un curso y luego los organizadores quieren editar un libro desgrabando el contenido. El intérprete tienen los mismos derechos que un traductor al que se le encarga un trabajo escrito? O con lo que le pagaron por realizar su trabajo el día del curso ya pierde los derechos para la edición?

Agradacería cualquier data que pudieran aportarme.

Saludos!
 

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