Rodrigo Rosales, gerente general de la oficina en el Perú de la editorial internacional Planeta, recuerda una llamada urgente que en el año 2009 recibió desde Madrid. Los representantes del escritor brasileño Paulo Coelho estaban enfadados. Al parecer su última novela, El Vencedor Está Solo, había sido vista en las calles de Lima en una edición no autorizada. Rosales se quedó helado. Coelho es un bestseller permanente en ese país (como en todo el mundo) y es seguro que cada libro que publica será pirateado casi inmediatamente después de su lanzamiento, pero éste no estaba programado hasta julio de ese año. Es más, ni siquiera había sido traducido al castellano.
Aunque la piratería de libros existe en Latinoamérica y en todos los países en desarrollo, cualquier editor con experiencia internacional en la región sabe que el problema en el Perú es a la vez único y profundo. Según la International Intelectual Property Alliance –una coalición de siete asociaciones que protegen los derechos de autor en Estados Unidos–, la industria editorial en el Perú pierde más dinero con la piratería que ninguna otra de Sudamérica con la excepción de Brasil, cuya economía es más de ocho veces mayor que la peruana. Un reporte encargado en el 2005 por la Cámara Peruana del Libro (CPL), consorcio nacional que agrupa a editoriales, distribuidores y vendedores, llegó a conclusiones aun más alarmantes: los piratas estaban generando más empleo que los editores y vendedores formales, y un impacto económico combinado de cincuenta y dos millones de dólares americanos, casi el cien por ciento de las ganancias totales de la industria legal. Los piratas operan a plena luz del día: sus vendedores recorren las calles de la capital, llevando pesados lotes de libros por entre los atascos de tráfico o extendiendo una raída manta plástica azul sobre la vereda, en la que despliegan su mercadería con el deseo de que todo transeúnte la note. Se les puede encontrar frente a institutos, escuelas y edificios de gobierno, o merodeando en los pasillos de los mercados donde la mayoría de limeños hace compras. Los fines de semana de verano, estos vendedores trabajan en las playas al sur de Lima o se congregan en los peajes de salida de la ciudad. Un sábado de julio del 2009, mientras caminaba por San Isidro, me encontré a un hombre vendiendo textos legales pirateados (copias rústicas con pinta oficial, tan bien hechas que me costó creer que fuesen falsas). El sujeto me contó que durante la semana alquilaba un puesto en la facultad de derecho de una universidad local donde –se supone– los futuros abogados peruanos aprenden sobre derechos de autor, propiedad intelectual y otros conceptos tan fantásticos como sin importancia.
En la periferia de este negocio están los ladrones, bandas de hábiles roba-tiendas que se especializan en el hurto de libros mientras pululan por eventos del sector y librerías establecidas, alimentando un vibrante mercado de reventa llamado «libros de bajada». Luego están los mismos piratas, fabricantes informales de libros cuyas rotativas usadas y reusadas se esconden –para no levazzntar sospechas– dentro de casas situadas en cualquier barrio pobre de la ciudad. La extensión de sus operaciones puede llegar a las cuarenta mil copias por semana y, gracias al fenomenal aparato de distribución con que cuentan, pueden vender tres veces más copias de un libro que las editoriales autorizadas para hacerlo. Tratándose de un superventas como Coelho, la cifra podría ser incluso mayor.
No pasó mucho tiempo hasta que Rosales pudo confirmar la historia. Salió a buscar el libro inédito de Coelho, y lo encontró en la primera intersección importante por donde pasó. Había que hacer algo. Los piratas peruanos de libros son de los más laboriosos, rápidos y hasta pícaros del mundo, lo cual Coelho y sus agentes saben muy bien. Al comienzo de esta década, los piratas habían casi aniquilado la industria editorial peruana, y ya se da categoría de milagro a su supervivencia y posterior reflotamiento. Se sabe que los libros de imitación impresos en Lima terminan apareciendo en Quito, La Paz, el norte de Chile y hasta Buenos Aires. Esta misma edición de Coelho, si fuese exportada, podría inutilizar la importante inversión hecha por la casa matriz de Rosales para publicar la novela en el mundo hispanohablante. La gente de Coelho quería acciones.
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A Débora Siskindovich le gusta la discusión 'Redes sociales Vs libros vendidos' de Guillermo Schavelzon© 2013 Creado por Gente del Libro.
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